jueves, 27 de diciembre de 2012

Deshacer


El salón quedó vacío de sus cuerpos pero no de ustedes. Me quedé un rato configurando las máquinas y todavía me parece escuchar un barullo de bromas, explicaciones mutuas, preguntas entre ustedes, preguntas a mí, y la palabra "deshacer". Cada vez más gente la usa.

Pero algunas cosas no las quisiera deshacer. La memoria fresca de lo recién vivido, de saber que Julia pinta, que Amalia viajó a Rosario para el cumple de su nieto, que Perla descubrió en su PC los archivos de Juan, quien fuera su compañero en Somisa hace tantos años, de las apasionadas autobiografías, del vértigo inevitable al proyectarme en sus relatos preguntándome cómo seré yo en la vejez.

No quisiera deshacer la huella de las historias narradas sobre el amor y la edad, sobre los recuerdos que cobran vida, sobre los sueños del presente y del futuro. Que sí lo tienen. Pero compite con un pasado irresistible, que yo también estoy empezando a construir, y me descubro cada tanto diciendo "en mí época..." como si la época actual ya no fuera mía. No me quiero olvidar de la zapatilla que Leona usaba "un poquito en un pie y un poquito en el otro" porque tenía una sola, ni de las lágrimas que vi caer sobre el papel, ni de las risas cuando un clic les arroja una imagen repentina que se les sale de las manos, y se les escapa como todo lo electrónico, sin previo aviso. "Yo no se qué pasó pero se me borró todo...".

"Se me borró todo...", qué frágiles son los textos digitales para esos pasados enormes que no es posible ni hace falta deshacer.


V.D. 
 

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Para jubilados emprendedores

por Oscar Tioni

Estimado amigo adulto “mayorcito”, que ha demostrado interés en aprender computación: empiezo por felicitarlo por haber aceptado ese importante desafío, a una edad en que los demás prefieren la pasividad no sólo física, sino también mental; pero convengamos a priori que usted ha elegido enfrentarse a un aparato endemoniado.
En ciertas momentos de su vida habrá tenido ocasión de domesticar algún animal: perro, gato o paloma; bien, piense ahora, para su mejor ubicación, que va a empezar a domar una vaca, o un chancho, o tal vez un yacaré, pero manteniéndose siempre en el lugar donde tiene instalada su computadora.
A manera de ayuda inicial le voy a recordar que existen unos diccionarios de insultos, que le conviene repasar para estar mejor pertrechado frente al aparato. Y recuerde esta sentencia “los va a necesitar”.
La gente más joven que se vale del ordenador, lo maneja con tal soltura que usted se sentirá tentado de pedirle algunas explicaciones; ellos, por razones de léxico técnico, le responderán con un puñado de palabras inentendibles que le brindarán la oportunidad de usar los términos refrescados en el diccionario recomendado más arriba.
Por su empeño en este aprendizaje, está demostrando ser una persona, con la inquietud de estar actualizado, pero además, por su edad ya ha aprendido a ser cauto en sus movimientos. No importa su moderación: “esta máquina: igual lo traicionará”.
La vida nos ha mostrado muchas veces que en una encrucijada de camino, podemos preferir seguir adelante, tomar a la derecha o a la izquierda, e incluso, hasta volver para atrás. Bien, frente a la computadora estas alternativas no bastan, porque la máquina puede indicarle que haga un hoyo y continúe hacia abajo. Después del extenuante esfuerzo de hacer el pozo, cuando usted quiera continuar, el aparato encenderá un recuadro en el rincón de la pantalla, donde le advertirá que si lo prefería podría haber seguido derecho, girado a la derecha o la izquierda e incluso también, volver sobre sus pasos, y que lamenta que a usted no se le haya ocurrido.
Quiero hacerle un comentario tranquilizador por lo mucho que se ha hablado del peligro para la salud constituido por las radiaciones de los tubos de rayos catódicos, como es el monitor de su computadora. Estos efectos son prácticamente nulos, y si usted nota que transpira mucho cada vez que pasa un rato sentado frente a un ordenador, no son los rayos quienes alteraron su sistema neurovegetativo, simplemente transpira de bronca; y dependiendo de lo que esté intentando desarrollar, esa transpiración podrá ser: escasa, moderada o abundante, coincidiendo con una bronca de la misma intensidad.
No obstante las nimiedades referidas precedentemente, usted podrá tener el placer de escribir una nota en su computadora, explayándose sobre los temas que más le gusten, claro que, al principio, los que quieran leerla deberán ir hasta su casa, porque no sabrá imprimirla. Pero ya llegará un visitante que sepa hacerlo y se lo imprimirá. A partir de allí, usted saldrá a la calle blandiendo las hojas, con el inocultable orgullo del que muestra un trofeo, donde las reservas de juventud triunfaron sobre las limitaciones de la madurez.
En esas hojas habrá asentado las más profundas convicciones sobre sus temas preferidos: política, sociología, cultura y todas las ocurrencias que quiera. Elegirá entonces, como siempre a los más jóvenes, para mostrárselas primero; allí puede que reciba algunas apreciaciones un tanto desalentadoras como: ¿No te andaba el “justificar”? o ¿Por qué elegiste New Roman en lugar de Arial?. Entonces Ud ratificará su convicción de que hablar con los jóvenes es malgastar el tiempo, y empezará a buscar otro jubilado para mostrarle su obra; y ahora sí los ansiados elogios. Pero, el primero de los consultados le dirá que padece de cataratas y que no puede leer hasta que no se las opere; el siguiente le dirá que tiene tanto para leer que por unos días no podrá ocuparse; pero ese, al que usted le escuchó pacientemente a lo largo de los años, el relato de cada pelea que tuvo con la mujer, con los hijos y con todos los parientes; bueno ese, le preguntará si no le importa a Ud que los papeles se le humedezcan un poquito, porque, le confesará, que en el único lugar donde él lee es en el baño.......¿Y para esto va usted a aprender tantas palabras nuevas?.¿Por qué mejor no se queda a jugar al dominó con los amigos de siempre, o a repasar el diario de anteayer que ya para hoy le parecerá no haberlo leído?

martes, 4 de diciembre de 2012

     Si yo escribiera un libro, en el que a la vez fuese el protagonista y la propia fuente de consulta, qué mejor que escribir la historia de mi vida, a pesar de estar convencido de que cuanto menos sepan de ella quienes me rodean más misterioso y atractivo como personaje resultaré.
     Para hacer las cosas ordenadamente buscaré un punto de partida, por eso empezaré por relatar mi nacimiento y el día 1 (uno) de mi vida; lo cierto es que yo no aparecí de la nada, tuve una gestación y en ella mi mamá padeció de nauseas, mareos y pérdida de apetito como todas las embarazadas, aunque después lo recuperó con creces hasta llegar a aumentar diez kilos – Diez kilos estos, que conservó por varios años y que me los reprochó reiteradas veces, situación en la que afronté ser el desencadenante pero nunca el culpable.
     Vayamos al parto propiamente dicho: el hecho se produjo el 28 de enero de 1939 a las 6 de la mañana; ese día hacía calor, mi mamá transpiraba mucho, y en gesto de solidaridad, transpiraba también la partera que ayudaba; junto a ellas, María, una amiga de mamá,  de a ratos se ponía pálida, transpiraba más y tenían que abanicarla; y mi pobre viejo, que además de estar a mano para todo, tenía que poner la cara para esos reproches que las parturientas hacen a sus maridos cuando les vienen los dolores.
     Las puertas y ventanas pasaron la noche abiertas de par en par; en un rincón un braserito con débil fuego y cubierto con estiércol de caballo seco ahuyentaba los mosquitos con su humo. Cuarenta años después de aquella madrugada del parto, doña Teresa, la señora del zapatero que vivía casa por medio, me dijo; “Como teníamos que dormir con todo abierto por el calor, los quejidos de su mamá cuando usted nació no dejaron pegar un ojo a nadie en el barrio”. Debe haber sido verdad porque mi vieja, si bien no estudiaba canto, dominaba dos octavas corridas como soprano y contralto.
     Bien, al final salí; a decir de María, la amiga de mamá, mi aspecto era francamente deplorable, mojado, sucio y pegajoso; tanto le impresioné, que ya de adulto le escuché decir que nunca más quiso asistir a un parto.
     Por los relatos sé que vine con la apariencia de una plancha vieja y maltratada; desde alguna parte por ahí por el medio de mi cuerpo, me salía una especie de cable algo enroscado sobre sí mismo que resultó ser el cordón umbilical. La partera me secó las piernitas para que no me patinara, me colgó con su derecha con mis patas para arriba y con la otra mano me dio tres chirlos en la cola. A este respecto quiero decir dos cosas: primero, ante esa agresión de la partera debo advertir que para cuando yo nací no se tenían en cuenta los derechos humanos; cualquiera que estuviese más arriba en la escala social podía castigar a quién quisiera sin darle demasiadas explicaciones; y segundo, que en la lista de hijos me tocó ser tercero y el menor, por lo que esas palmaditas en la cola no fueron los únicos castigos inmerecidos que recibí en mi niñez; yo ante cualquier desorden, si bien podía no ser el culpable, era el más fácil de alcanzar para sacarse una bronca.
     Ni bien grité, la partera abrió su bolso, sacó un hilo con olor a desinfectante, me ató el ombligo  y cortó el cordón dejándome un chicotecito sobrante y sentenció: “Esto se le cae solo en menos de una semana”. Del resto de cordón que le sobraba cortó unos tramitos y los puso en un frasco de boca ancha con alcohol que le pasaron; esos iban a ser una especie de souvenires para repartir en la familia; a otro de los pedacitos lo aplastaron bien y lo pusieron a secar en la fiambrera, para que no lo alcanzara el gato; ese, cuando estuviera seco, iba a ir por carta a Junín como recuerdo para una tía.
     Me bañaron con agua tibia, no sé para qué tibia, con el calor que hacía y lo colorado que yo estaba. Mi abuela italiana preparó ginebra con especias para que me dieran una cucharadita así se me ponía fuerte el estómago, en tanto que la abuela española propuso leche de burra; tuvo que intervenir mi papá en la discusión y encontró una fórmula mediadora, terminaron dándome leche de yegua con calostro porque en la caballeriza de la panadería de la familia, había nacido un potrillito dos días antes.
     A grandes rasgos, así transcurrió mi primer día; sobre los 26.827 que van después de ese hasta hoy, escribiré en las sucesivas convocatorias que a ese efecto disponga la licenciada Elcira Pérez en nuestro taller de lectura y reflexión.
                                                                           Oscar Juan Tioni – 15 de agosto de 2012

miércoles, 31 de octubre de 2012

Expo 2012

Éstos son los cinco cuadros que presentó Nilda en la Exposición
Aniversario de la Sociedad Italiana el 27 y 28 de Octubre. ¡Felicitaciones Nilda!